Por qué la audioguía no se traduce
Se escribe otra vez, en cada idioma, y el resultado no se parece
Albaia
Traducir es arrastrar el orden y las costumbres del original. Volver a contarlo en el otro idioma cuesta lo mismo y suena a alguien hablando.
La forma barata de tener una audioguía en seis idiomas es escribirla en uno y pasar los otros cinco por un traductor. Funciona, se entiende y es exactamente lo que suena a folleto.
El problema no es que la traducción se equivoque. Es que arrastra la estructura del original: las frases largas donde el otro idioma las hace cortas, las fechas donde el otro pone el nombre del rey, las referencias que sólo entiende quien creció aquí. Un visitante alemán en el Mirador de San Nicolás no necesita la misma frase que un español; necesita que le cuenten lo mismo de otra manera.
Qué se hace en su lugar
El relato se genera directamente en el idioma elegido, a partir de lo que se sabe del punto: su ficha, su contexto, lo que el gestor ha escrito de él. No hay un texto original y cinco copias; hay seis relatos del mismo sitio.
Y el carácter del guía, aparte
Encima de eso va quién lo cuenta. El guía se elige en el mapa y cambia el tono, no los datos: unos tiran de fechas y de arquitectura, otros de las historias que se cuentan en el barrio. Y el destino pone su propio acento, porque no habla igual un guía del Albaicín que uno de Roma.
La primera vez que se pide un punto en un idioma con un guía, hay que escribirlo y locutarlo: son unos segundos. A partir de ahí queda grabado y se abre al momento.
